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11. Inle Lake: un mundo flotante (Myanmar)



El lago Inle, un mundo flotante (fuente: www.elpais.com)

Campos de tomates y melones en el agua. Un remoto y mágico lugar al este de Myanmar, cerca de Tailandia y Laos.
La necesidad agudiza el ingenio. Los miembros de la etnia Intha, pobladores mayoritarios del lago Inle, situado al este de Myanmar (antes Birmania), en la zona fronteriza con Tailandia y Laos, han aprendido a impulsar sus barcas con el pie para poder tener las dos manos libres la mayor parte del tiempo que pasan subidos en esas superficies de apariencia precaria, tan reducidas y estrechas como tablas de surf, pescando con sus peculiares y enormes redes cónicas, cultivando sus campos flotantes o recogiendo del agua jacintos, algas y limos hasta colmar sus botes.
La imagen típica de este lago natural, de unos 22 kilómetros de largo por casi 11 de ancho, ubicado en el corazón del Estado Shan, es la de mujeres, hombres y niños erguidos sobre una pierna en uno de los extremos de la embarcación y propulsando con el pie libre un remo largo que mantienen encajado contra su axila. Al verlos se diría que caminan, más bien cojean, sobre el agua, que su centro de gravedad es diferente al del resto de los mortales. Y acaso sea así, en un lugar donde no sólo flotan los campos, las casas y las pagodas, sino en el que cualquier actividad propia de la vida cotidiana, como ir al mercado, lavar la ropa, asearse, trabajar, acudir a la escuela, jugar o simplemente charlar con un vecino, hay que hacerla, casi por obligación, en un aparente equilibrio inestable.



Hasta que el despótico Gobierno de Myanmar, una feroz dictadura presidida por una junta militar, no entreabrió las puertas del país a los visitantes extranjeros tras cinco décadas de aislamiento -las zonas más próximas al conocido triángulo de oro del opio siguen cerradas-, este paraíso lacustre permaneció casi virgen. Todavía hoy, cuando el impacto del turismo empieza a ser visible, una treintena de etnias ocultan sus tradiciones en las cerca de 200 aldeas desparramadas por las laderas de las espectaculares colinas y montañas, cubiertas por un exuberante bosque tropical, que flanquean el lago.


Una buena forma de entrar en contacto con ellas, para quien no esté dispuesto a hacer senderismo, es visitar los mercados que se celebran rotativamente, con una cadencia de cinco días, en varios de los 17 pueblos ribereños, como los de Ywama, Nanpan, Mainthauk o Indein, y a los que el viajero sólo puede acceder, como no podía ser de otra forma, en barca.
Las telas naranjas, rojas, amarillas, fucsias, verdes o negras de los trajes y tocados revelan la diferente procedencia étnica de estas gentes de rostros bellos, embadurnados en su mayoría con tanaka, una pasta hidratante de color amarillento hecha con corteza de sándalo machacada. Se aglomeran en torno a los pequeños puestos montados al aire libre o bajo amplias estructuras sostenidas por un bosque de columnas de madera, cuyo carácter de asentamiento provisional, después de que el fenómeno de El Niño obligara a llevar los mercados flotantes a tierra firme hace algunos años, parece haberse hecho definitivo.
En este ambiente colorista y bullanguero, el roce físico realza todavía más el carácter amable de este pueblo -digno, pese a estar oprimido-, que acostumbra a devolver las miradas con una sonrisa, y cuya dulzura llega a conmover más que el paisaje.



El producto estrella de estos mercados, además del pescado, ya sea fresco o seco, son los tomates, producidos por toneladas en los campos flotantes del lago. Los intha han perfeccionado a lo largo del tiempo una técnica que les permite cultivar sobre la superficie del agua. A base de sucesivas capas superpuestas de limo seco y algas o jacintos, que han de renovar todos los años, han logrado una extensa y fértil huerta, dispuesta en bandas de 15 metros de largo por dos de ancho, sujetas al fondo con estacas de bambú para evitar que vayan a la deriva. Aquí siembran, además de tomates, judías, cebollas, melones, papayas, betel y flores, que compiten en belleza con las orquídeas salvajes de las laderas boscosas.


Ocasionalmente, en los mercados también hay puestos de juego, una actividad prohibida por el Gobierno, pero tolerada de forma pasiva en ocasiones señaladas. Al igual que ocurre en Occidente con las máquinas tragaperras, muchos hombres y mujeres se aglomeran, con las cestas de la compra a sus pies, en torno a las mesas del juego de los seis animales, divididas en recuadros, en cada uno de los cuales hay dibujado un tigre, un elefante, una tortuga, un pez, una gamba y un pavo real. Los jugadores depositan su dinero sobre una de las imágenes y uno de ellos pone en movimiento un gran dado que reposa en la parte superior del panel vertical que limita la mesa por un extremo, en cuyas caras están representados los seis animales. Si la imagen del dado coincide con la apuesta se gana el doble de lo jugado. No muy lejos, ocultos en chamizos de bambú, se juega a las cartas.
A veces ocurre que lo mundano y lo divino están separados por una corta y estrecha senda, como en Indein, donde no muy lejos del mercado se alza un complejo de templos centenarios que parecen salidos de un cuento infantil. Cientos de pequeñas estupas, altas y estilizadas, coronadas muchas por capirotes metálicos torcidos, semejan un ejército de gnomos saliendo de la espesura del bosque. Pese al abandono, se respira el mismo aire de espiritualidad y placidez que emana del entorno de los muchos monasterios y pagodas que reflejan sus imponentes siluetas de teca en las aguas, como los de Yangon Shwe Gu, Nga Phe Kyaung o Phaung Daw Oo, donde se guardan las estatuas de Buda, deformadas a base de las pegatinas de pan de oro adheridas por los fieles, que en el mes de octubre se pasean por el lago transportadas en las barcas reales, en un llamativo festival. Al atardecer, el lago se llena de las barcas que vuelven de los campos flotantes a los palafitos y casas de bambú de los pueblos, y el cielo se satura de cometas que tanto niños como mayores hacen volar desde los balcones de sus casas, cuyas zigzagueantes siluetas se reflejan en unas aguas por momentos doradas...